domingo, 2 de diciembre de 2012

Adviento




La palabra “Adviento” (del latín adventus), significa: Venida, advenimiento. Proviene del verbo «venir». Entre los pueblos paganos (no cristianos), esta palabra solía utilizarse para indicar el advenimiento de la divinidad: Su venida periódica, y su presencia representativa en el recinto sagrado del templo. En este sentido, la palabra adventus podría significar «retorno», y también «aniversario».

En el lenguaje cristiano primitivo, con la expresión adventus se hacía referencia a la última venida del Señor, a su vuelta gloriosa y definitiva. Pero en seguida, al aparecer las fiestas de la Navidad y Epifanía (manifestación del Señor a todos los pueblos), adventus sirvió para significar la venida del Señor en la humildad de nuestra carne.

De este modo, la venida del Señor en Belén y su última venida (en la parusía) se contemplan dentro de una visión unitaria, no como dos venidas distintas, sino como una sola y única, desdoblada en etapas distintas.

Aun cuando la expresión haga referencia directa a la venida del Señor, con la palabra adventus la liturgia se refiere a un tiempo de preparación que precede a las solemnidades de Navidad y Epifanía.

1. El Adviento en la Historia

La historia del tiempo litúrgico del Adviento es sencilla: Parece fuera de discusión su origen occidental. A medida que las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando en el marco del año litúrgico una mayor relevancia, en esa misma medida fue configurándose como una necesidad imprescindible la existencia de un breve periodo de preparación que representara, al mismo tiempo, la larga espera que entre los judíos representaba la espera del Mesías prometido.

A pesar de las evidentes afinidades que hay entre la Cuaresma (preparación a la Pascua) y el Adviento (preparación a la Navidad), sería un gran error interpretar ambos períodos de tiempo con el mismo patrón. Es cierto, en ambos casos se trata de un período de preparación, pero en el Adviento la práctica penitencial del ayuno no tuvo jamás la relevancia que tenía en la Cuaresma. Adviento, más bien, se consideraba como un tiempo consagrado a una vida cristiana más intensa y más consciente, con una asistencia más asidua a las celebraciones litúrgicas que ofrecían un marco adecuado a la piedad cristiana.

La institución del Adviento no aparece en Roma sino hasta mediados del siglo VI d.C. Los primeros testimonios los encontramos en los libros litúrgicos: Precisamente en el Sacramentario gelasiano. En una primera fase, el adviento romano incluía seis domingos. Posteriormente, a partir de san Gregorio Magno, quedará reducido a cuatro, y así ha llegado hasta nosotros hoy.

Originariamente, el Adviento romano aparece solo como una preparación a la fiesta de Navidad; en ese sentido se expresan los textos litúrgicos más antiguos. Sin embargo, a partir del siglo VII d.C., al convertirse la Navidad en una fiesta más importante, en aparente competencia incluso con la Pascua, el Adviento adquirirá una dimensión y un enfoque nuevos. Más que un período de preparación, polarizado en el acontecimiento natalicio, el Adviento se perfilará como un «tiempo de espera», como una celebración solemne de la esperanza cristiana, abierta hacia el adventus último y definitivo del Señor al final de los tiempos.

Así, el adviento que hoy celebra la Iglesia mantiene esta doble perspectiva: Preparación a la Navidad – Espera gozosa de la Segunda Venida de Nuestro Señor.

2. Modelos de espera


Durante el Adviento, la Iglesia pone en nuestros labios las palabras ardientes y los gritos de ansiedad de los grandes personajes que a lo largo de la historia santa han protagonizado más intensamente la esperanza.

Claro que no se trata de remedar artificialmente la actitud interior de estos hombres, como quien representara un personaje en una obra de teatro…

Es verdad, la salvación mesiánica no es, todavía, una realidad plena. Por ello, estos grandes hombres y mujeres siguen siendo como los portavoces en cuyos gritos de ansiedad se encarna todo el ardor de la esperanza humana.

El primero de estos protagonistas es Isaías. Nadie mejor que él ha encarnado tan al vivo el ansia impaciente del mesianismo veterotestamentario (del Antiguo Testamento) a la espera del rey mesías (Ver Is 7: El libro del Emmanuel).

Después, Juan Bautista, el precursor, cuyas palabras de invitación a la penitencia, dirigidas también a nosotros, cobran una vigorosa actualidad durante las semanas de Adviento (Ver Mt 3, 2).

Y, finalmente, María, la Madre del Señor: En ella culmina y adquiere una dimensión maravillosa toda la esperanza del mesianismo hebreo (Ver Lc 1, 26 – ss).

La espera continúa... y continuará hasta el final de los tiempos. Mientras tanto, Isaías, Juan Bautista y María seguirán siendo los grandes modelos de la esperanza, y en sus palabras seguirá expresándose el clamor angustioso de la Iglesia y de la humanidad entera ansiosa de redención...

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